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La monja de la catedral de Durango

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LP GOD
LP GOD
Se cuenta que existió una vez en la ciudad de Durango una familia cuyo nombre se ha perdido en el tiempo, eran
originarios de Topia, población minera que se encuentra enclavada en el corazón de la sierra de Durango. El se
había dedicado a la minería, ella prototipo de la mujer hogareña, la vida había pasado dando atención a Beatriz
única hija del matrimonio.

Beatriz era una hermosa chiquilla de piel blanca, ligeramente tostada por el sol de la sierra, cabello rubio y largo,
ojos azules, boca pequeña con labios finos y rojos, robusta y de estatura alta bien proporcionada. Como era la
única hija de la familia y los padres tenían con que hacerlo, pensaron en darle una buena educación. Movidos por
ese imperativo, la familia se traslado a la ciudad de Durango, estableciéndose en una casa de la calle de la
pendiente que estaba muy cerca de el templo de la catedral donde había de inmortalizarse para siempre Beatriz,
en la leyenda de la monja de luna de la catedral de Durango.

Era la década de los años cincuentas del siglo XIX cuando la chica determino ingresar a un convento de
religiosas. Sus padres que la amaban tanto, aprobaron de inmediato la idea, considerando que preferirían verla
casada con cristo que con un mortal cualquiera.

Beatriz se fue al convento, su padre, además de pagar una fuerte cantidad de dinero por la dote correspondiente,
su fortuna la dono al monasterio a donde había ingresado su hija.

Eran aquellos años turbulentos de las luchas entre liberales y conservadores, Juárez en desesperado esfuerzo
por liberar a su pueblo de la opresión de conciencias, promulgo las leyes de reforma y se reformo la constitución.
El clero al sentir sus intereses afectados; cerro algunos conventos o instituciones de carácter religioso, entre ellos
el convento en donde se encontraba Beatriz. La monja regreso a su casa encontrándose con la desagradable
sorpresa de que su madre había muerto y su padre se encontraba muy enfermo.

A Beatriz al retirarla no le regresaron ni la dote, ni la fortuna que su padre había donado cuando su ingreso. Las
reservas económicas de la familia se habían agotado y la situación era difícil. El tiempo pasaba y no había dinero
ni donde conseguirlo, las fuentes de trabajo estaban cerradas, acababa de pasar la guerra de reforma y ya se
estaba en plena intervención francesa.

El viejo murió y tuvo que hipotecar la casa para enterrarlo poniendo en riesgo su único patrimonio donde podría
vivir mientras se abría el convento. Beatriz se quedo envuelta en terrible soledad, protegida por su fe y sostenida
con la esperanza de volver pronto a su vida monacal. En su casa toda ocupación consistía en salir en la mañana
a la misa, en la tarde al rosario a la iglesia mas cercana que era la catedral. Durante el día aseaba la casa y entre
el rezo y rezo atendía su industria artesanal hogareña que consistía en tejer y bordar paños para la iglesia,
actividad por la que el cura le obsequiaba unas cuantas monedas y le daba su apretón de manos.

Mientras la vida de esta mujer se deslizaba en perzosa rutina, las tropas francesas del imperio, mandadas por el
general L’Heriller entraba en Durango sin resistencia, siendo objeto de caluroso recibimiento por la burguesía y el
clero. Se recibió a los franceses con la lluvia de flores, los intelectuales les compusieron versos, el comercio les
ofrecía banquetes, el clero misas y Te-Deum; y la sociedad aristócrata les brindo su casa a los jefes y oficiales
imperialistas extranjeros; quienes en su mayoría eran jóvenes apuestos y sobre todo, con monedas de oro en los
bolsillos, sustraídas de la antigua hacienda mexicana. Estos cortejaban a las damas duranguenses, ellas en
correspondencia se dejaban querer.

A los varones, principalmente jóvenes de la ciudad, nunca les cayó bien lo que veían. Odiaban a los franceses
por ser invasores. Si la ciudad no había puesto resistencia a su llegada no fue por falta de valor y conciencia
nacional de los hombres del pueblo, si no por falta de recursos para organizar la defensa, por una parte; por la
otra, el hecho de ser franceses, los hizo sentirse facultados para atropellar a los civiles y disfrutar a la mujer que
les agradaba. Este odio daba a los mexicanos razón para asesinar a un francés cuando se daba la oportunidad.

Así sucedió que una noche oscura y lluviosa del mes de agosto de 1866 se encontraban en la calle un joven
mexicano que trataba de entrevistarse con su novia y un joven oficial francés de nombre Fernando que intentaba
cortejar a la misma dama. No hubo dialogo entre ellos, el duranguense, puñal en mano se lanzo contra el intruso;
le asesto dos o tres puñaladas, Fernando al sentirse herido huyo. El mexicano en su afán de aniquilarlo trato de
darle alcance, tropezó y callo al piso, el escurridizo militar dio vuelta a la esquina y avanzo en su huida.
Consciente el extranjero de que si lo alcanzaba su rival no lo dejaba vivo, toco en la primera puerta que se
encontró; era la casa de Beatriz. La muchacha al oír los toques fuertes y desesperados intuyo que su auxilio era
de vida o muerte. Abrió la puerta, el francés mal herido entro y callo sangrante y desmayado en el suelo del
zaguán. La monja cerro, violentamente puso el aldabón y se quedo perpleja; no pensó ni hablo nada, durante
unos minutos se quedo parada, contemplando al moribundo sin hallar que hacer.

Por fin se le paso el susto, le limpio la sangre de la cabeza al herido y aplico unos lienzos de agua fría que lo
hicieron volver en si. Cuando se paro a ella lo cautivo por lo arrogante, a el, ella lo cautivo por lo bella y lo
delicada. Luego que el militar tomo unos sorbos de agua fresca, Beatriz abrió la puerta del zaguán y le pidió que
abandonara la casa de inmediato. Fernando le suplico que le permitiera pasar esa noche allí para salvar su vida,
la monja se asusto y le negó el refugio. El francés ante la alternativa de la vida y la muerte, cerro la puerta con
brusquedad y sacando un espadín que no pudo utilizar en el encuentro fatal, se lo puso en el pecho diciéndole: si
haces escándalo ye ¡te mato¡ la monja prefirió callar y esperar el resultado de las cosas. Despues de un buen
rato de silencio entre los dos, el le platico todo y le imploro su ayuda; le entrego un buen puño de monedas de
oro, que indudablemente contribuyeron al convencimiento de la monja. Por fin, Fernando se quedo escondido en
casa de Beatriz. Ella lo curo y lo atendió con esmero. Los dos eran jóvenes, mas o menos de la misma edad, bien
parecidos. Se enamoraron profundamente uno del otro y sintiendo Beatriz que había encontrado a él hombre de
su vida, se entrego en cuerpo y alma a él; los dos vivieron momentos de excelsa felicidad, de esos que son
escasos en el vivir de los seres humanos pero que, cuando se presentan deben vivirse con plenitud. En ese
mundo secreto de feliz compañía el militar perdió el pulso de devenir en la politica de México por que no salía de
la casa, ni conversaba con nadie. Ella que era la que se comunicaba con el exterior, no entendía de esas cosas ni
recibía información porque su círculo de relaciones era ajeno a la vida militar y política del estado.

Las cosas cambiaron, napoleón ordeno el retiro de las fuerzas francesas del suelo mexicano; el ejército francés
sin saber Fernando, abandono la ciudad de Durango y se aprestaba el ejército liberal a la ocupación de la plaza.
Al conocer esto el militar del relato, intuyo que sus días estaban contados, advirtió que no podía estar oculto toda
la vida; tarde o temprano seria descubierto y terminaría en el paredón. Era urgente salir de Durango, tenia que
dejar a Beatriz; se revistió de valor y dio a conocer la decisión a su amada. Beatriz se resistió en principio, el la
convenció ofreciéndole volver pronto, tan bueno como las cosas cambiaran. Ya no había franceses en la ciudad
de Durango, solo Fernando porque estaba escondido. La monja le consiguió un caballo ensillado, le presto
bastimento y una noche del mes de noviembre de 1866, el oficial francés salio sigilosamente de la ciudad; Beatriz
lo encamino hasta la salida donde terminaba el barrio de Analco, camino al puerto de Mazatlán. La despedida fue
dolorosa como son todas las despedidas de dos seres que se quieren. Las lagrimas de la pareja, humedecieron
aquella noche novembrina, se apretaron fuertemente en un abrazo desesperado, se dieron un beso prolongado;
ella se quito una medalla de oro que llevaba colgada en su pecho y colgándosela a el le dijo: “Para que te cuide”.
Fernando monto en su corcel y se perdió en la lejanía y el silencio de la noche.
La noche estaba estrellada como son las noches durangueñas en esa época del año; hacia frió, el ambiente olía
a pasto frió, había silencio, en la lejanía se escuchaba el canto de los gallos y las campanas de la catedral
sonaban las tres de la mañana. Beatriz levanto los ojos al cielo, oró en silencio y con voz casi apagada decía:
“tiene que volver señor, tu me lo vas a traer”; mientras que con paso lento atravesaba las calles de Analco y tierra
blanca y se dirigía a su casa.

Por otra parte, Fernando no conocía el camino que lo podría conducir al puerto de Mazatlán, para unirse con sus
compañeros y después, ya con otro carácter volvería a buscar a Beatriz. Los conocimientos que tenia del estado
de Durango y sus comunicaciones eran mínimos, solamente los que sus superiores le habían transmitido con
motivo de operaciones de la guerra. Cuando se alejo de su amada y se sintió solo ante aquel esplendido
panorama nocturno, contemplo las estrellas y lloro a torrentes. Se sintió el hombre mas desgraciado de la tierra,
sin patria, sin familia, sin dinero, sin conocimiento del terreno, sin compañeros y con el tremendo estigma de llevar
el uniforme de un ejército invasor que se batía en retirada.

Sintió que su vida estaba contada en horas y se arrepintió terriblemente de no haberse quedado con Beatriz a
vivir en un encierro sin límites. Hasta ese momento se puso a considerar los riegos que consideraba aquel viaje,
que comparados con los riesgos que le traía vivir al lado de su amada, opto por su regreso. Miro el horizonte y el
crepúsculo rosado del amanecer anunciaba el advenimiento de un nuevo día. La fuerza del amor había triunfado,
peso en el gozo que le iba dar a ver a Beatriz verso esa misma mañana.

Así torció la rienda a su caballo para emprender el camino de regreso, en el preciso momento que la avanzada de
una guerrilla juarista que tenia su cuartel en la vieja hacienda de Tapias muy cerca de la capital de la entidad le
marcaba “el quien vive”. Fernando al conocer de los rigores de la guerra y sabedor de la política del presidente
Juárez, ni siquiera pensó su decisión. Le prendió las espuelas al caballo, le dio un cuartazo con energía y salio
disparado como un rayo por donde había venido. No avanzo mucho, una descarga de fusilaría rompió el silencio
de aquella madrugada y el cuerpo de Fernando rodó sin vida por el suelo. El caballo se fue con todo y silla, uno
de los guerrilleros lo alcanzo y en su velos carrera con su reata de lazar le echo un cuello, enredo cabeza de silla
y lo detuvo, trayéndolo ante el jefe de la guerrilla.

Después de revisarlo de todo a todo y registrar los bolsillos del muerto, tratando de encontrar algún mensaje
secreto, no encontraron identificación alguna, en un morral de cuero solo había un guaje con agua, unas gordas
que en su interior contenían frijoles molidos enchilados, un poco de pinole y unos panecillos de harina de trigo,
estaban envueltos en una servilleta bordada con hilaza de colores adornada con un deshilado y unas puntas de
tejido a mano. Aquel soldado no traía nada de importancia, ni siquiera fusil, solo colgaba en su pecho una medalla
de oro con la imagen de la Purísima concepción y un nombre grabado por el dorso que decía: Beatriz.

Atravesaron el cuerpo de aquel hombre sobre la silla del caballo en que venia montado y se lo llevaron estirando
hasta la hacienda. Extendieron al difunto sobre el piso del portal de la casa grande donde vivía don Antonio, el
jefe de la guerrilla. El sol salía en las colinas de enfrente, un viento helado soplaba del norte; la noticia de la
muerte se extendió como reguero de pólvora, la casa se lleno de mirones; una vieja observadora dijo después de
examinarlo: miren y tenía barba partida; era muy joven. Otra agrego: era muy alto. Allí permaneció el cadáver
tirado, no le pusieron velas ni nadie lo lloraba, a la altura del medio día, se le dio cristiana sepultura. Al cementerio
lo llevaron atravesado en su caballo y al sepelio solamente asistieron dos personas soldados de la guerrilla, uno
llevaba un talacho y una pala sobre el hombro. El otro cabresteaba el caballo que servia de ataúd y de carroza
fúnebre. Al llegar al panteón cavaron una fosa y allí arrojaron el cadáver de Fernando como cayo. Así terminaba
en amor de Beatriz, el hombre de su sueño y de su vida que la había hecho tan feliz un corto tiempo.

Beatriz no supo nada de esto, tal vez si lo sabe se muere de angustia o se clava un puñal en el corazón. Ella vivía
porque era de Fernando y se conservaba para el; consideraba que el regreso de su amado era cuestión de días,
o cuando mucho de meses. En su casa, volvió a la vida de soledad y rutina; ir a misa en la mañana, al rosario en
la tarde y bordar y tejer para confeccionar los paños sagrados de la iglesia. No dormía, gran parte de la noche se
la pasaba en vela, orando de rodillas ante el retrato antropomorfo del trazador de destinos humanos.

En el convento había aprendido que la fe debe de ser siempre constante, que hay que sufrir para merecer, y que
un milagro no se realiza nada mas porque se pide; para que se haga a que atravesar la barrera del infinito y llegar
a dios y se llega a el solamente cuando se habla con el corazón. Por todo esto, ella esperaba el milagro a largo
plazo y aun así, hacia lo imposible por merecerlo. Siempre tenía de día y de noche una lámpara de aceite
encendida a la imagen de su devoción.

La castigaba el saber que ya era madre, que en su vientre latía una vida, producto de su amor con Fernando; que
la hipoteca de la casa, que había hecho cuando tuvo que enterrar a su padre estaba por vencerse y no tenia
dinero; que si habrían de nuevo el convento no podría regresar; que qué diría el señor cura si se daba cuenta de
su pecado; que donde iba a vivir si le quitaban la casa, que si nacía su hijo sin padre, a él y a ella la sociedad de
la religión los iba a condenar; que si Fernando no venia ella se moría de pena. Esas y muchas otras reflexiones
hacia Beatriz, todos los días y todas las noches; al fin, el desgaste de energía por el llanto y la preocupación,
eran mas grandes que el insomnio y terminaba por dormirse. Las campanadas de misa de las cinco la
despertaban, se santiguaba y empezaba a pensar en Fernando y en su situación para concluir con la espera de
un milagro, que era lo único que la podía salvar.

Así paso un mes y así pasaron tres meses sin tener noticias de su amado, la confortaba la idea de que el no le
escribía porque estaba próximo si regreso; el milagro estaba por realizarse de un momento a otro, en una noche
de luna llegaría el oficial francés por el occidente. Tanto era su fe la idea del regreso de Fernando se convirtió en
obsesión y todos los días de plenilunio, cuando Beatriz iba al rosario de la tarde, se escondía tras un
confesionario de la catedral, para luego que cerraban la puerta, subiría por la escalera del caracol al campanario;
porque lo alto de la torre le permitía dominar mayor distancia y visibilidad en el horizonte, para completar la
inmensidad hacia el occidente por donde tenia que aparecer su amado. Todos los días, todas las tardes y todas
las noches, Beatriz trepaba a lo alto de la torre izquierda de la catedral, a hurgar en el horizonte esperando el
retorno de Fernando; por fin, cuando el niño de Beatriz estaba por nacer, una mañana del mes de abril, a las
primera luces del alba, cuando el sacristán del templo habría la puerta mayor de la iglesia, vio tirado sobre el atrio
enlozado de la catedral, el cuerpo de una mujer que con los brazos abiertos sobre el suelo, yacía muerta.
Estampada en el piso al desplomarse de lo alto de la torre de donde contemplaba el horizonte.

Nunca se supo si fue suicidio por la desesperación y el desengaño porque el milagro no se realizaba, porque la
plegaria de aquella noche de noviembre se perdió en el infinito del cielo estrellado y no llego a su destino, porque
los ruegos y las oraciones de todos los días, no fueron escuchados en represalia, porque la monja rompió el voto
de castidad. No se supo tampoco si fue un accidente producto del agotamiento y el desvelo el que ocasiono el
desplome. La realidad, que Beatriz murió por la caída de mas de treinta metros de altura, cuando a su higo le
faltaban unos días para nacer y que desde entonces, todas las noches de plenilunio se ve la silueta de una monja
vestida de blanco en el campanario de la torre izquierda de la catedral de Durango, de rodillas contemplando el
occidente implorando por el retorno de su amado.


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